11.11.08


Tomás echó un vistazo a los limoneros, que se habían quedado un poco maltrechos tras las últimas heladas. Por las laderas de ese pequeño valle, a esas horas, un viento dulce, con olor a algarrobas, a azahares y a almendros en flor se hacía presente en sus mejillas; aspiró el aire fresco, cerró los ojos y recordó con el aroma los años de adolescencia corriendo entre los frutales. Situado en el centro de ese valle, Tomás se ensamblaba con la tierra, con el rocío, con el aire y con los frutos colgados de los árboles como un elemento musical más de una sinfonía de Mahler. Su mundo, su pequeño mundo, empezaba a recibir los rayos del sol que se atisbaban sobre las colinas del Este. Todo, en ese mundo, era perfecto.

Al otro lado, fuera del valle, no muy lejos ni muy cerca, la ciudad enorme comenzaba a despertar, los vehículos comenzaban a rugir, se apagaban los neones de los comercios y los bancos abrían sus puertas. En una zozobra contínua, en un maremágnum explosivo de idas y venidas, la gente se agolpaba en los semáforos, las calefacciones echaban humo por las chimeneas y el martilleo atorrante de las obras de las calzadas machacaban los tímpanos de los viandantes , de los obreros y de los niños que iban al colegio.

En otro lugar, tampoco cerca ni lejos, el político acababa su jugo de naranja, se metía los gemelos de oro en los puños de su camisa de seda, besaba a la doncella –su mujer dormía- y, abriendo su portafolios de piel de becerro gofrada, metía una carpeta con el discurso que iba a pronunciar esa mañana. El chófer toco a la puerta, para indicarle que el coche oficial estaba preparado. El político salió y con una sonrisa cargada de cinismo le espetó al conductor: “Vámonos, Manolo, hoy toca arreglar el mundo”.

En la ciudad, y en los días siguientes, los mismos niños cruzaban los semáforos para ir a la escuela, los coches seguían rugiendo despiadadamente, las fábricas continuaban escupiendo vorazmente sus humos letales y Tomás, en su pequeño mundo del valle, volvía a maridarse con la madre naturaleza ajeno a todo lo que ocurría detrás de aquellas colinas. Y así, por mucho tiempo más.

2 comentarios:

Melba dijo...

La vida continúa mientras el político 'arregla el mundo', es decir, arregla su mundo.

Los demás mortales viven como pueden...

Salud♥s

fonsilleda dijo...

Me ha encantado esa mirada a tres mundos distintos, actuales y bien distintos.
No puede haber maridaje entre amar, vivir y disfrutar la naturaleza con el padecimiento (casi físico) de una ciudad que despierta al ruido y a la tempestad diaria y, menos todavía, con la vida de un cínico político alejado totalmente de la realidad.
Me ha gustado.