Allí estaba ella, sentada en actitud de espera, con el bolso en el regazo y el abrigo sin quitar, como si hubiera llegado hacía sólo unos minutos.No era así. Cual la Penélope de la canción, se había apostado en el pasado, largos años atrás, y su alma permanecía en una alerta permanente entre la espera y la resignación. Tras ella, los fantasmas de su presente y su pasado vigilaban constantemente su devenir, a una cierta distancia, de manera que ella y quien a ella tuviera la osadía de acercarse, supiera que no estaba sola, que no era una hoja al azar del viento, que estaba vigilada y protegida.
Un día, ella decidió huir. La espera había sido demasiado larga y las esperanzas con el paso de los días se habían minado, corroído, disuelto entre lágrimas y miradas al ayer. Nadie pudo hacer nada. Se desinstaló del pasado, avanzó hacia el futuro y se perdió en el presente. Luego… nadie más supo de ella, pero me consta que fue feliz.
Imagen digital de Víctor Sáez

1 comentarios:
Perfecto. Un micro que transcurre entre la memoria y la final, aceptación de lo nuevo, de la vida. Siempre es difícil aparcar el pasado, limitarse a recordar, a evocar para no repetir, no caer en los mismos errores.
Tu protagonista, cambió su ropa, hizo bien y, si además fue feliz, espléndido.
Me ha encantado.
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