24.2.09

Mi tío Paco

Imagen tomada prestada de www.eldandy.net


Fue un poco desagradable para mi tía, pero era algo que tenía que hacer más tarde o más temprano. No era cuestión de mantener en el armario tanta ropa, usada una y apenas puesta otra, pero toda de gran calidad. Cuanto antes se despojase de objetos que pudieran recordarle a él, mucho mejor, se decía, aunque la imagen de su sonrisa y su cuerpo desvencijado nunca podrían olvidarse.

Paco, mi tio, murió lleno de una vida que él pretendía retener a cualquier precio. Si hubiera tenido la opción de hacer algún pacto con el diablo, sin duda lo habría hecho, porque a él le interesaba vivir fuera como fuera. Sus manos estaban deformadas por una artritis reumatoide que le atacó ya de mayor, pero que minó su movilidad en poco tiempo. Y el resto de su cuerpo estaba doblado como una alcayata, tanto que fue realmente complicado acostarlo tendido en la caja. No sé cómo se las ingeniaron los empleados de la funeraria, hasta creo que tuvieron que cambiar la caja por una más ancha con el fin de meterlo de lado. Sea como fuere, mi tío Paco se resistía a iniciar el camino de su ausencia hasta una vez muerto.

Las vueltas que da la vida. Mi tío siempre había sido un perfecto gentleman, un Petronio en lo que a elegancia y maneras se refiere. Su sonrisa amplia y franca le habían abierto muchas puertas, y aunque no era en origen de alta cuna ni de posibles, se hizo un hueco, gracias a su simpatía, su presencia y su inteligencia, entre lo mejor de la sociedad de Valencia. Reticentes algunos pero admirado por todos, Paco, mi tío Paco, se codeaba con directores de empresas y directores de bancos, con políticos locales y algunos regionales, con militares de alta graduación y con el obispo, demostrando siempre que no dejaba al pairo segmento social alguno. Sin trabajo estable (“yo soy ciudadano del mundo, no quiero ataduras”) nunca le faltó el sustento ni lo suficiente para llevar una vida cómoda –que no acomodada- sin meterse en trapisondas ni sablazos, sin molestar a nadie; prestaba sus servicios de manera esporádica y puntual, pero bien remunerada, como relaciones públicas de eventos, recepciones, veladas y excursiones, y no había sarao o reunión de alto standing donde él no ejercitara de chambelán de los pudientes. Teniendo el cuenta la época en la que su personalidad y su actividad estaban en su apogeo –años sesenta a setenta y cinco- no es de extrañar que su éxito personal se hubiera cruzado con el éxito económico de muchos especuladores y políticos trepadores.

La vida, su vida, era, sin embargo, lo más preciado para él. Odiaba la enfermedad y la decadencia senil, y nunca aceptó de frente la posibilidad de morirse. Por eso, cuando la degeneración ósea empezaba a hacer mella en su cuerpo, sufría internamente de manera dolorosamente embravecida no tanto por la enfermedad en sí sino por verse objeto de los dardos afilados de la muerte que, a modo de ensayo, habían sido lanzados de manera certera contra sus articulaciones. ¿Cómo él, príncipe de la elegancia, señor de la simpatía, embajador del buen humor, artífice de la felicidad de los otros podía ser objeto de tanta miseria? ¿Qué daño injusto habría inflingido a quién quiera que fuere que le había hecho merecedor de tanta insidia sobre su cuerpo?

Un día, lo recuerdo muy bien, me dijo:

-Juan, ya sabes que por no tener hijos tú eres mi único heredero. Todo lo que tengo, el fatídico día que yo no esté (“..que yo muera” hubiera sido la frase correcta, pero el nunca nombró la palabra muerte en ninguna de sus acepciones ni modalidades, ni como verbo ni como sustantivo; se cuidó muy bien de ello) …todo lo que tengo, repito, será para ti. Por eso quiero que me hagas un favor y una promesa.

-Dime tío, si puedo y está en mi mano, cuenta con ello.

-Pues verás: se trata del día en que me vaya. Ese día, que Dios quiera sea dentro de muchos, muchos años, quisiera que te ocupases de que mi semblante tenga la apariencia de felicidad que antaño me acompañaba, que me vistas con mis mejores galas, que lustres mis zapatos y coloques bien el pañuelo en el bolsillo de la americana. No debe faltar ni un detalle en mi aspecto ante ese viaje.

Mi tío Paco murió doblado, flaco, con los dedos apiñados unos con otros, con los nudillos hinchados y un rictus de dolor imposible de quitar de su rostro. Pero luciendo su mejor americana, su pañuelo de seda y una dignidad altiva que fue el orgullo y la admiración del paraíso de la nada.

7 comentarios:

Enrique Parra  dijo...

Excelente relato!Esto me hace meditar sobre la muerte, la cual me hace pensar que es un proceso natural de la vida y como tal, igual que nacemos morimos, no hay que oponerse ni resistirse a ella, simplemente llega.

Un abrazo fuerte.

Anónimo dijo...

Vaya!, hace demasiado tiempo que no entraba, y ha sido como siempre una grata sorpresa, buenisimo el relato, te estás superando día a día de una manera vertiginosa, aunque supongo lo sabes, estás creciendo amigo mio.
Un abrazo.
Raquel.

Fauve, la petite sauvage dijo...

Descanse en paz.

Besos, Nautilus, heredero universal ;-)

fonsilleda dijo...

¡Ay los pacos y las pacas de este mundo nuestro!.
En cuanto a la historia, estupenda con un protagonista que vale un montón de potosís, de los de antes que seguro que eran más valiosos.
Y sí, eso es lo incomprensible y lo injusto de esta vida; él debería haber muerto bien, guapo y elegante, como correspondía a su vida y a su forma y manera de ser.
En fin...

Y ahora una pregunta tonta, porque en internet, ya se sabe ¿cómo diablos recibí por mail este post ayer?. Misterios.

Bicos.

Internautilus dijo...

Gracias a todos por vuestros amables comentarios. De verdad, me nutro de ellos!
Fonsi: hay una opción en el blog para avisar de nuevas entradas a los amigos. Busca, porque ahora no sé como lo hice...
Un abrazo y hasta mi vuelta de México.
V.

Caminante dijo...

Creas que no, entiendo perfectamente a tu tío Paco y su pánico cerval a la degeneración de los huesos, también yo podría hablar largo y tendido sobre ello.

Muy buen relato, con buen ritmo, me perdonarás pero casi te prefiero así, con un toque más terrenal, que a veces tus relatos con toques paranormales, no es algo que tenga que ver contigo, simplemente es mi preferencia por el realismo.

Buen viaje a México

Fauve, la petite sauvage dijo...

¡México!
Qué envidia.
Qué de historias nos traerá :-)