3.2.09

Loco

Fotografía de Ricky Dávila: "Psiquiátrico"

Las veces que yo había estado de visita en ese hospital fueron, afortunadamente, pocas. Tan solo la vez que Marita dió a luz “un precioso niño a que llamarán Juan Antonio” –así versaban las notas de sociedad del periódico local- y la vez que mi padre estuvo ingresado con aquella apendicitis que casi se lo lleva al otro barrio.

En esta ocasión, el motivo era mucho más grave. Era mi alma la que estaba enferma y necesitaba una cura de urgencia. El psiquiatra que me atendió en la fase de delirio le dijo a mi familia que necesitaba tranquilidad, reposo y una medicación fuerte y adecuada a mis dolencias. Así que me ingresaron en el pabellón psiquiátrico del hospital bajo los cuidados del equipo médico habitual.

Pero yo no estaba enfermo. Ellos creían que yo estaba enfermo, pero no lo estaba. Dijeron que deliraba, que llegué a tener suplantación de personalidad, que me creía otro y que hablaba y pensaba como otro, que no era yo. Pero yo no recuerdo nada de eso. Yo simplemente recuerdo que volaba como en un sueño muy real y que me instalaba con todo mi ser –cuerpo y alma- en la persona de otra persona, donde apenas cabíamos los dos sin darnos codazos. Quizá a eso llamen enfermedad, pero para mí fue una experiencia inolvidable. La otra persona elegida se llamaba Roberto, era aproximadamente de mi misma edad y en esa época estudiaba Filosofía y Letras, sección Hispánicas.

La verdad, he de decir que mi instalación en su ser fue voluntaria. Es decir, lo hice aposta, bien dentro de mi sueño real, bien estando despierto, ahora no lo recuerdo. Pasamos unos cuantos días juntos, casi una semana, en la que me acostumbré no solo a sus duchas frías diarias –odio el agua fría- y a sus desayunos a base de cereales (¡con lo que a mí me gustan las tostadas con mantequilla¡) sino también a escuchar las clases sobre Saussure, los sintagmas, los morfemas y toda una retahíla de conceptos lingüísticos que chocaban de frente con los estudios de matemáticas que yo cursaba en la Facultad de Ciencias. Digamos que las elucubraciones filosóficas sobre lo que era lengua, idioma, habla y lenguaje, con las que Roberto se deleitaba en clase no tenían nada que ver con lo que yo estudiaba, matemática aplicada al cálculo de variables y la interrelación de los logaritmos neperianos con la estadística en socioeconomía. Pero en fin, los dos, Roberto y yo, ambos en el mismo cuerpo –el suyo- llegamos a compenetrarnos como buenos amigos, casi hermanos, durante ese corto periodo de tiempo.

Tal cual acabo de expresarlo aquí, así mismo se lo expliqué, una y otra vez, a los psiquiatras que vinieron a verme, en los momentos de lucidez que las drogas que me obligaban a tomar lo permitían. Sé que pensaban que estaba loco, aunque ellos siempre emplearon términos mucho más técnicos que, al fin y al cabo, venían a decir lo mismo: “disociación cognoscitiva de la personalidad”, “trastorno disociativo de la identidad” y otras por el estilo.

Quince días estuve encerrado en el pabellón psiquiátrico del hospital, donde por la tarde venían a visitarme mi hermana y mis padres, con lágrimas en los ojos haciendo un gran esfuerzo por no soltarlas, al menos en mi presencia.

Una tarde de esas, estando ellos en la habitación, entró una enfermera. La enfermera no sabía nada de mi enfermedad, quiero decir que solo conocía el diagnóstico, pero no los pormenores. Dirigiéndose a mi madre, dijo:

-Tiene una visita. Pregunta que si puede pasar a ver a su hijo.

-Supongo que sí, contestó mi madre.. –¿Quien es?

-Es un chico, señora. Se llama Roberto. Dice que son amigos y que le echa de menos.
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3 comentarios:

fonsilleda dijo...

Tengo que inclinarme una vez más ante tí.
Creo que estás caminando, no sé hacia dónde, pero vas.
En fin, un placer leerte. No lo dejes.
Bicos.

Internautilus dijo...

jajajja...gracias, Ana, pero nada de inclinarse; somos colegas que vamos en el mismo barco:uno arría las velas, otro ata los cabos y todos juntos forman la tripulación de iniciáticos en las Letras. De esto a que alguno pueda sacarse el título de Capitán...van muchos mares que cruzar. (Anda, reconoce que este símil marino me ha quedado de lo más...)

Melba dijo...

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Los hilos de la cordura son extremadamente frágiles y a quienquiera puede ocurrirle algún tipo de 'locura' o, más bien, algún tipo de manifestación de locura como, entre tantos, el del muchacho que recorría todos los días las calles de Managua, caminando y actuando como un automovilista, obedecía los semáforos, hacía todos los gestos de un conductor. Entre tantos casos.

Nuestra historia tiene a uno de sus grandes poetas, Alfonso Cortés, quien en varias ocasiones estuvo en el hospital psiquiátrico.

Tu escrito me atrae -y me asusta- ¿estará mi mente ocupada por otra y yo noy yo? :D

Salud♥s

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