3.2.09

El piso vacío

Imagen bajade de internet

Por más que se empeñaba el portero de la casa en decirme que en ese piso no vivía nadie, yo por las mañanas, cuando me iba a trabajar, veía luz en una de las ventanas. Yo me levantaba temprano cada día, mal que me pesase, porque mi jornada laboral empezaba a las siete, hasta las tres de la tarde; así, a eso de las seis y media de la mañana de cada día laborable cogía el coche del aparcamiento que estaba bajo de casa. La costumbre de mirar a las ventanas de mi casa viene de mi infancia. Por inercia, desde pequeño, cada vez que salía a la calle y me disponía a atravesar el túnel que unía el patio con la callecita Navas de Tolosa, volvía la cara hacia el balcón de mi casa, donde siempre se apostaba mi madre para despedirme con un gesto de su mano. Atravesar ese túnel, cuyo techo era el suelo de otro piso en el que vivían vecinos de esos bloques, era como escapar a un mundo diferente, a un mundo ajeno y cosmopolita alejado en el tiempo de los devenires añejos de mi barrio. ‘Bajar al centro’ era cuestión de diez minutos, pero siempre fue un paseo que me sacaba de ese gueto antiguo donde yo vivía. Bien pensado, la palabra barrio no era adecuada. Los pisos donde yo vivía lo componían tres bloques construidos en los años 50 y que vistos desde el cielo tienen forma de E. Fueron los primeros pisos modernos de mi ciudad, con techos no tan altos ni ventanas tan enormes como las casas de vecinos al uso. Con ascensor y portería, los sótanos de cada portal albergaban todo un sistema de calefacción por caldera que nunca funcionó. Los radiadores que había en cada habitación en una ciudad costera y sin fríos de importancia como la nuestra constituían un lujo asiático a todas luces innecesario. Tanto, que en esa época aún de posguerra, nunca hubo dinero ni posibles para hacerlos funcionar.

Como decía, solía mirar a mi casa cuando me iba, fuera la hora que fuera. Sabía que ahí estaría mi madre, apoyada en la barandilla del balcón, mirando los barcos anclados en la bahía y viendo pasar a los vecinos por la acera del bloque de enfrente.

Por eso, cada mañana, aun a sabiendas de que, por la hora, nadie recibiría mi mirada, volvía a mirar a mi casa, y más arriba, ineludiblemente, veía la ventana de una habitación encendida en ese piso que todos suponíamos vacío.

Para mi supuso un misterio que nunca acerté a esclarecer, porque todos en la casa sabíamos que en ese piso no vivía nadie desde hacía varios años. Le pregunté al portero, ya de forma un poco cargante, lo reconozco, si acaso los dueños o algún amigo de los dueños pudieran estar alojados en él, sin habérselo hecho saber, sin aviso alguno. Pero el portero me recordó que los dueños del piso murieron sin herencia y que nadie en la Comunidad tenía llave para entrar, ni siquiera él.

Un tarde, en el ascensor me encontré a Azucena, una vecina de mi edad con la que solía charlar cuando me la encontraba en la escalera. Con ella, además de la vecindad, compartía la afición a la pintura y al arte en general. Vivía en uno de los cuatro pisos del rellano donde se encuentra el que yo veía encendido cada mañana, justamente al lado, puerta con puerta. Le pregunté –Azu..¿has notado algo raro en el piso vacío? ¿Has oído algún ruido, algún movimiento de muebles, has visto alguna vez entrar a alguien? Azucena se extrañó de mi pregunta y categóricamente me aseguró que nunca había visto ni notado nada fuera de lo normal.

Para mi la visualización de la ventana de la habitación encendida cada mañana, a las seis y media, empezaba ya a suponer un problema de obsesión. A veces me paraba, durante minutos, mirando hacia arriba, intentando adivinar alguna sombra moverse, algún resplandor diferente, algún… espejismo que me hiciera comprender lo incomprensible. Otras veces intentaba no mirar, coger el coche y salir pitando sin fijar mis ojos en la luz. Pero al final siempre miraba, siempre fijaba la vista para ver siempre lo mismo.

Un día de un invierno no muy lejano, sobre nuestra ciudad arreció una tormenta terrible, de esas que arrasan tejados y árboles con la fuerza de un viento desolador. Duró la tormenta toda la noche y mi despertador no tuvo la delicadeza de apreciar lo ingrato del clima y sonó, como siempre, a la hora de siempre. A las seis y media, cuando me disponía a coger mi coche, un relámpago tronó sobre el cielo y la luz de todo el barrio, de todo los bloques de pisos de la zona se cegó, dejando a oscuras las farolas de los portales, los focos del Paseo Marítimo y ennegreciendo aún más la noche de lluvia y viento. Como siempre miré a mi casa, acción irrefrenable que nunca quise evitar. Y allí, en la ventana de la habitación del piso cerrado, a pesar de la negra oscuridad reinante, lucía como siempre esa luz , iluminando quién sabe qué espíritus, qué presencias, qué recuerdos o qué pasadas vivencias.

3 comentarios:

Melba dijo...

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¿Fuego fatuo? Algún cadáver había quedado en el piso :D

Ya me estoy familiarizando con el toquecito fantasmal de tus historias :D

Salud♥s

muxica dijo...

En mi tierra gallega achacaríamos esa luz a “la santa compaña” Según la tradición, tan sólo ciertos «dotados» poseen la facultad de verla. Ja ja ja, supongo que tú eres uno de ellos
Encantada de encontrar tu blogs.
Un saludo

Internautilus dijo...

Garcias Melba, como siempre, por tu visita incondicional... Gracias Muxica, sé bienvenida a ésta tu casa.