16.3.09

El asalto (relato completo)

Grupo de brigadistas internacionales. Fotografía tomada de internet



Es cierto que era una mañana fría, gélida diría yo, y el cielo estaba colmado de nubes plomizas que amenazaban lluvia. Todos los soldados, nacionales y republicanos, como cualquier persona inmersa en una situación de peligro vital, se dedicaban momentos de introspección, de análisis y de recogimiento en algún momento del día. El sargento Casariego, por ejemplo, se lamentaba en su interior de su mala fortuna, especialmente en los momentos previos al levantamiento en los que fue, de manera ideológicamente torpe, seducido para la causa por su superior. El capitán de su compañía le había comentado, en un aparte, bajo la promesa del más sagrado secreto, que algo muy gordo y muy bueno para España estaba a punto de suceder, y que había que amarrarse los machos en los días venideros. Que contaba con su fidelidad por su bien y por el de la Patria, y que, una vez el nuevo orden imperara en esa sufrida España en manos de comunistas, esos exabruptos blasfemos que vertía a menudo habrían de ser eliminados de su procaz vocabulario. Cuanta estupidez, pensaba para sí Casariego, tener que soportar lecciones morales de un fascista como ese. Yo puedo ser tosco y vulgar –se decía-, sin educación académica -¡cuánto me hubiera gustado estudiar!- pero tengo cultura suficiente como para saber lo que está bien y lo que está mal, lo que es justo y lo que no lo es, que bastante bagaje cultural me parece eso, aunque no sea un erudito. Y si blasfemo de vez en cuando es por mi rabia contra un Dios que me pintan misericordioso y lleno de bondades pero que permite horrores como la guerra y el asesinato. Casariego estaba en los nacionales porque le pilló allí el Alzamiento, aunque tampoco hubiera sido feliz en el otro bando. Sobre todo después de ver los desmanes que estaban cometiendo algunos radicales. Todas estas consideraciones rondaban en la mente del sargento en los pocos segundos previos al asalto de la choza.

Dentro de ese caserón de aperos, donde se encontraban los utensilios usados en las labores del labrado de la tierra, dormitaban relajados los brigadistas. Uno de ellos, el soldado Oleksiy, ordenado por el brigada Jones a labores de vigilancia, merodeaba alrededor de la casa pasando frío, con el mosquetón cargado y un gorro polar que se había traído desde Odessa, su ciudad de nacimiento. El soldado Oleksiy pertenecía a un familia comprometida con el PCUS, de cuya organización local era miembro activo. Su fe en la redención de la clase obrera y el sometimiento de las oligarquías al Estado eran un objetivo claro de la revolución bolchevique que cambió el curso de la historia en su país 20 años atrás. Combatir contra el fascismo era, además, una tarea perentoria que había que llevar a cabo antes de que el cáncer fascista corroyera a la sociedad europea. El soldado brigadista Oleksiy pensaba en todo eso en el tren que lo traía a España a través de Francia, ya lejos de su casa. Pero, una vez llegado a esta tierra de discordia, intentaba no pensar en ella. La familia, los hijos, los amigos quedaron atrás, a orillas del mar Muerto, y prefería hacer lo posible por retirarlos de su mente, quizá apesadumbrado porque su decisión, como la de todos los brigadistas internacionales, fue voluntaria; a lo hecho, pecho, no valían ahora arrepentimientos.

El soldado Duchamp había salido, enviado por el brigada que mandaba su sección, a la búsqueda de setas; los días anteriores había llovido y Duchamp se jactaba de ser un gran recolector de hongos y de trufas. En una zona de monte bajo, como esa, encontrar trufas era poco menos que imposible, pero sí podían verse setas, champiñones y algún espárrago. Así que pertrechado de una canasta de mimbre que había colgada en la choza y con el mosquetón en bandolera, se dispuso a recorrer los aledaños buscando su objetivo.

Pero le estaba costando trabajo al soldado Duchamp encontrar las setas que había ido a buscar. Alejado, con el permiso de Jones, bastantes metros de la caseta, en sentido norte, el soldado Duchamp, mientras husmeaba los pastos y los recodos del camino, pensaba en la buena suerte que le había tocado con esta unidad de brigadistas. Casi todos sus componentes eran personas formadas, cultas, altruistas, que habían decidido ayudar, bajo la bandera tricolor de la república y su estrella roja de tres puntas, al gobierno de la República que gobernaba España. No ocurría así en la unidades reclutadas por el PCUS de París, compuestas, en su mayoría, por mineros de Centroeuropa, estibadores y cargadores de los principales puertos europeos, miembros del ejército ex-combatientes de la primera guerra mundial, afroamericanos y orientales naturales de suburbios neoyorkinos.

El soldado Duchamp tuvo suerte. Pudo zafarse de la refriega por pura casualidad. El ataque de los nacionales al caserón en el que su unidad se cobijaba se hizo en absoluto silencio y al abrigo de toda sospecha. No hay nada peor para un jefe militar –el brigada Jones- que la confianza. O peor, el exceso de confianza. El grupo de milicianos de las Brigadas Internacionales había llegado hacía dos días a esa choza grande donde los lugareños guardaban los aperos de labranza. Sacar algún fruto a los campos vecinos era ya tarea baldía, como baldío estaba el labrantío por mor de la guerra. A falta de otro lugar donde guarecerse del frío que asolaba la zona, no vieron mejor sitio; realmente, no había otro.

Pero eso mismo debió pensar el sargento Casariego, al mando de una unidad de 15 fusileros con sede en el cuartel de Ciudad Real. Cansados y creídos de que la victoria final –su victoria- estaba cerca, pensaron que Despeñaperros sería un perfecto lugar para esconderse y esperar la órdenes necesarias para volver a casa.

Cuando el sargento Casariego supo que el soldado ojeador había descubierto una choza grande al borde de un camino y abrigada del viento por una pequeña colina, se dispuso a tomarla, pensando que nadie habría en ella, feliz del hallazgo. No tenía noticias de que los milicianos republicanos estuvieran por esos lares, al menos no tan cerca. Pero estaban. El soldado avanzadilla observó la presencia en el caserón de movimiento de gente armada, y era evidente que no eran de los suyos. Tampoco parecían españoles, por lo que dedujo de inmediato que eran brigadistas.

-¡Soldados!, alertó el sargento. A doscientos metros de aquí hay una choza que al parecer da cobijo a milicianos comunistas. Vamos a proceder a tomar ese puesto. Preparad vuestras armas y estad atentos a mis órdenes.

Las palabras del sargento cayeron como un jarro de agua fría sobre los quince fusileros. Se venía hablando en los pueblos que el grupo recorrió en los últimos días que el fin de la guerra estaba presto y que la victoria del Glorioso Alzamiento Nacional era un hecho. Como quien ve, al final de un túnel, una luz salvadora, los miembros del ejército alzado, y en particular los miembros de esta unidad perdida en los aledaños de Despeñaperros veían en las noticias que se filtraban la llegada de una paz vencedora que acabaría con la miseria de la guerra, de esta guerra entre hermanos. Cerca la victoria, no merecía la pena luchar ni un minuto más, nadie quería matar innecesariamente, mucho menos morir por nada. El fin de la guerra se tocaba con la punta de los dedos y ellos, los nacionales, estaban a punto de ser los ungidos, los protagonistas de la historia, los vencedores.

Nada parecido ocurría en este grupo de brigadistas que apoyaban a la República. Sin poder imaginar las represalias que los días, meses y años posteriores al fin de la guerra traerían consigo para todo el que hubiere apoyado al gobierno legalmente constituido, sentían la frustración enorme de haber perdido no solo la guerra; también la defensa de su propia causa, de sus propios ideales, de sus objetivos personales, altruistas, filantrópicos, aquellos que les llevaron a exponer sus propias vidas por una tierra que no era la suya, por un país que no era el suyo, por unas gentes que no eran sus paisanos, pero sí por una idea de libertad que era patrimonio de muchos.

Sigilosamente, escondidos y en silencio entre los matorrales, se apostaron los quince fusileros de frente a la choza. Todos esperaban las órdenes del sargento para lanzar granadas de mano por los dos ventanucos, con el fin de aniquilar a los que hubiese dentro o hacerlos salir maltrechos por la metralla. En un momento de esa tensa espera, el soldado Oleksiy, como un autómata, la mirada perdida, se sacó del cinto la pistola, se bajó el mosquetón del hombro y depositó las dos armas en el suelo. Se quedó firmes y quieto, mirando al cielo lejano, que a cada segundo se volvía más negro. A continuación, se abrió la puerta del caserón y, uno a uno, desarmados, fueron saliendo los brigadistas, la cabeza alta, en silencio, exponiéndose de espaldas a la casa, mirando al horizonte negro de lluvia que se avecinaba. El último en salir fue Jones, el brigada al mando de la unidad. Desarmado también, sus pasos se encaminaron lentamente, como todo el proceso descrito, al frente del grupo, de espaldas a la choza, mirando al horizonte. Quietos, brazos caídos, miradas perdidas, se ofrecían al destino sumisos, pero sin miedo, orgullosos y altivos.

El sargento Casariego ordenó no disparar. Los quince soldados a su mando mantuvieron sus posiciones y él se acercó lentamente pistola en mano. Frente a frente con el brigada, le miró a los ojos, pero estaban vacíos. No había expresión ni luz en ellos. Eran como ojos de cristal, sin nada en su interior. Como zombies, sin miedo, sin prisa y sin angustia, los brigadistas comenzaron a andar, despacio, en diferentes direcciones, dispersándose por las cercanías de la casa, como muñecos con cuerda pero sin alma, esperando la ráfaga de ametralladora que los hiciera caer, el disparo que los hiciera tumbar, la granada que los hiciera morir. Pero nada de eso ocurrió. El sargento Casariego, observando cómo se alejaban pausadamente, con rumbo desconocido, vencidos, muertos por dentro, enterrados en su propia amargura, decidió dejarlos ir, no cerrarles el paso, olvidarse de ellos, si es que alguien puede olvidarse de alguien en una situación así.

Desde lejos, el soldado Duchamp observaba la escena tras una roca con un canasto medio lleno de espárragos, setas y champiñones. Era el único de su grupo de conservaba la cordura, el miedo, la realidad, y fue el único que pudo relatar lo ocurrido muchos años después. Entre los quince soldados del cuartel de Ciudad Real se hizo un pacto de silencio y nunca nadie publicó el perdón que Casariego cedió a los brigadistas de la choza. El castigo por ese acto pudo haber sido un Consejo de Guerra y el paredón. Pero él, al mando de una parte del ejército vencedor, decidió ser el primero en iniciar una reconciliación que no llegaría de manera efectiva a este país hasta bien pasados los años ochenta.

9 comentarios:

fonsilleda dijo...

Dentro de nada te veo escribiendo una novela. De aquí podrías sacar buen material.
Quedo impaciente y deseo que no sea drámatia su continuación, mejor un final de los tuyos o algo tipo "La vaquilla". ¡Ojalá!, pero esos son mis deseos que no los del autor.
Me someteré a su decisión porque pienso seguir leyendo.

Caminante dijo...

Una vez más tengo que hacerle una reverencia, maestro. Muy buen relato, me gusta, estoy de acuerdo con fonsilleda en que podría dar para algo más.

Melba dijo...


¡Magnífico, estupendo! ¡Qué más puedo decir! Me gusta ¡todo!

FELICITACIONES.

Un abraz♥

Anónimo dijo...

Bueno relato, sobre todo por la parte de humanidad que le has incluido a una guerra que todos supongo hemos tenído referencias cercanas. Bravo por no hacer manifestaciones propias politicas, en un tema tan dificil. has contado una historia que perfectamente puede ser real, has conseguido escribir para mi, una cronica de una realidad. enhorabuena.
Raquel.

Melba dijo...


Hola, he regresado porque es demasiado bueno y creo que me quedé corta en mi comentario.

¡Me encanta, me parece buenísimo!

Muchas gracias por compartir.

FELICITACIONES.

Salud♥s

Internautilus dijo...

Muchas gracias, Melba. Gracias por tu fidelidad y por us comentarios.
Un abrazo fuerte,
Victor.

Tilie dijo...

He venido a decirte que esos ojos no son los míos, aunque bien podrían, ya que he visto mucho y de todas las gamas.
Esos ojos pertenecen a un pintor estadounidense llamado Jim Warren.
Besote.

fonsilleda dijo...

Víctor, no te cuento lo que me ha sucedido porque te reirías y ya soy bastante a menudo "pasto de risas ajenas y mías". Además, entretanto pensando que en qué estarías ocupando tu tiempo en lugar de terminar lo que habías comenzado... En fin... para qué seguir.
Me ha gustado. No sé qué clase de tragedia habías imaginado, pero seguro que, a pesar de la sangre, no hubiera dejado el regustín amargo que queda despues de leer el desenlace.
Me descubro. Felicidades.

Y he estado por ahí, pero, ya te habrás dado cuenta, despistada.

Carlos Bentabol dijo...

TRAS MUCHOS DÍAS AUSENTE POR MOTIVOS QUE ME HAN HECHO FELIZ; RETOMO TUS LECTURAS, SON APASIONANTES Y QUE CUANDO SE EMPIEZAN NO SE PUEDEN DEJAR HASTA EL FINAL, DE UN TIRÓN.
ESTA EN PARTICULAR, CON SU PUNTO DE SUSPENSE, PERO CON UN DESENLACE DE ADMIRAR.
POSIBLEMENTE PASARA O NO, PERO YO QUIERO PENSAR QUE SI Y DE NUEVO LO HE VISUALIZADO COMO UN CORTO DE CINE ... "UN BUEN GIÓN", RECUERDA QUE SOY MUY VISUAL...